Pero esa mañana había llegado un paquete desde la casa de Teresa, en El Campanario, Querétaro. Llevaba un moño rosa y una tarjeta escrita con su letra: “Para mi querida nieta en sus cinco años”.
Mauricio sonrió como si acabara de ganar una discusión de seis años.
—¿Ves? Mi mamá sí quiere a Sofía.
El problema fue que, al mover la caja, escuché piezas sueltas golpeándose dentro.
Esperé a que Mauricio fuera por café y la abrí.
Lo primero que vi fue una oreja blanca partida.
Después apareció la cajita musical con forma de conejo que Sofía había perdido un mes antes en casa de su abuela. Mi hija había llorado varias noches preguntando por ella.
Teresa había jurado que nunca la encontró.
Ahora estaba ahí.
Destrozada.
Las orejas estaban arrancadas, la tapa hundida y el mecanismo hecho pedazos, como si alguien hubiera usado un martillo.