Después de encontrar a una madre y a su hijo solos en la carretera, el millonario les ofreció techo pese a que su propia familia esperaba heredar millones. “Mañana desapareceremos de su vida”, prometió la mujer. Pero al amanecer él abrió la habitación y vio una escena que lo dejó helado; minutos después sacó del cajón un testamento de años atrás, porque acababa de comprender quién llevaba tiempo engañándolo…

PARTE 1

—Me quedan, con suerte, cinco meses de vida —dijo Alejandro Mendoza, mirando a la desconocida que abrazaba a un niño junto a la carretera—. Así que hoy soy probablemente el hombre menos interesado en hacerle daño.

Laura lo miró sin saber si aquella frase era una broma cruel o la verdad.

Eran casi las once de la noche y un frente frío había caído sobre Querétaro. En la carretera hacia Tequisquiapan apenas pasaban autos. Laura llevaba una chamarra demasiado delgada, dos bolsas a sus pies y a Mateo, su hijo de cinco años, dormido sobre el hombro.

Su teléfono se había apagado. Había bajado del autobús en un punto equivocado y llevaba más de una hora caminando.

Alejandro, de sesenta y dos años, regresaba de una consulta. Ocho horas antes, un oncólogo le había explicado que el cáncer de páncreas estaba avanzado y que el pronóstico era malo.

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