Ahora no podía seguir manejando y dejar a una mujer con un niño en la oscuridad.
—¿A dónde va?
—A casa de una amiga en Tequisquiapan.
La llevó hasta la dirección. Nadie abrió.
—¿Cuándo habló con ella por última vez?
—Hace tres semanas.
Alejandro entendió que algo había cambiado.
—Mi casa está a diez minutos. Tengo habitaciones de sobra. Pueden pasar la noche.
—No lo conozco.
—Y hace bien en desconfiar. Pero el niño está helado.
Mateo despertó y preguntó:
—Mamá, ¿ya llegamos?
Laura aceptó.
La casa de Alejandro era grande, silenciosa y demasiado ordenada para una sola persona. Su esposa había muerto seis años atrás. Nunca habían podido tener hijos.
Mientras calentaba tortillas, frijoles y leche, Mateo lo observó.
—¿Usted vive solo en toda esta casa?
—Sí.
—Qué aburrido.
Alejandro soltó una risa que no recordaba haber escuchado en meses.