dentro de tu casa.
Me quedé parado frente al portón con las llaves en la mano, como si Doña Estela me hubiera aventado agua helada en la cara.
Eran casi las ocho de la noche, yo venía llegando de una obra en Tlalnepantla, con las botas llenas de polvo y la espalda partida. Lo último que necesitaba era una vecina inventando chismes kara.
—Se ha de estar confundiendo, Doña Estela —le dije, tratando de no sonar grosero—. Α esa hora no hay nadie en la casa.
Ella no bajó la mirada.
—Entonces usted no sabe lo que pasa ahí adentro kara.
Esa frase me ardió más que cualquier insulto.
Me llamo Tomás Medina, tengo 43 años y durante mucho tiempo creí que ser buen padre era pagar la renta, llenar el refri y llegar con
algo de dinero cada quincena.
Mi esposa, Verónica, trabajaba en una clínica dental. Yo salía antes de que amaneciera y regresaba cuando la casa ya olía a cena recalentada. Nuestra hija, Lucía, tenía 15 años y últimamente parecía vivir detrás de una puerta cerrada.