Yo decía: “Es la edad”.
Comía poco. Contestaba con frases cortas. Se encerraba sin música, sin llamadas, sin reírse como antes. Pero yo siempre encontraba una excusa para no ver demasiado.
Esa noche le conté a Verónica lo que dijo la vecina. Ella dejó su bolsa en el sillón y suspiró.
—La gente sola oye cosas. No hagas caso, Tomás.
Quise creerle. Era más fácil.
Pero dos días después, Doña Estela volvió a esperarme.
—Hoy gritó más fuerte —me dijo, con la cara pálida—. Decía: “Por favor, ya déjenme”. Usted tiene que revisar.
Esa noche subí al cuarto de Lucía. Estaba sentada en su cama, con
audífonos, mirando el celular.
—¿Todo bien, hija?
—Sí, papá. Todo normal.
“Normal”. Esa palabra empezó a sonarme como una mentira.
Αl día siguiente hice como que me iba a trabajar. Tomé café, me puse la chamarra y me despedí. Lucía salió con uniforme y mochila. Verónica se fue poco después. Yo manejé unas cuadras, estacioné lejos y regresé caminando.