—La cantidad había aumentado.
Algunas personas se miraron entre sí.
Gabriel negó con la cabeza.
—Eso no significa nada.
Pero su voz ya no sonaba segura.
—También encontré mensajes con una persona llamada Víctor. Hablaban de una caída.
Lucía dejó de respirar por un segundo.
Una caída.
La misma palabra que Gabriel había repetido durante tres días.
“Fue un accidente.”
“Una caída terrible.”
“Nada más.”
La grabación se detuvo.
Por un instante nadie habló.
Después, el teléfono vibró otra vez.
Todos miraron la pantalla.
Había un segundo archivo.
Mateo susurró:
—Ese es el que mamá dijo que era importante.
Lucía lo abrió.
Esta vez no era una nota de voz.
Era un video.
La imagen estaba oscura.
Parecía grabado desde un bolsillo o una mesa.
Al principio solo se escuchaban voces.
La de Gabriel.
Y la de otra persona.
—¿Estás seguro de que nadie va a encontrarlo?
Era una voz masculina desconocida.
Gabriel respondió:
—Ella confía demasiado. Siempre cree que puede arreglar todo hablando.
Lucía sintió que sus manos empezaban a temblar.
La cámara se movió ligeramente.
Entonces apareció el rostro de Gabriel.
—Después de esto, todo será más sencillo.
El video terminó.
Nadie dijo una palabra.
Porque ya no estaban escuchando una sospecha.
Estaban viendo una prueba.
Gabriel reaccionó de golpe.
—¡Esto está editado!
Su grito rompió el silencio.
—¡Alguien pudo haber creado esto!
Pero incluso él sabía que no sonaba convincente.
Lucía miró al teléfono.
Luego a él.
—¿Quién es Víctor?
No respondió.
—Gabriel.
Silencio.
—¿Quién es Víctor?
Su rostro perdió color.
Fue suficiente.
La policía llegó cuarenta minutos después.
No porque alguien hubiera llamado todavía.
Sino porque una de las tías de Adriana, aterrorizada por lo que había visto, tomó el teléfono y llamó desde la cocina.
Mientras los agentes revisaban el dispositivo, Mateo permanecía junto a Lucía.
—¿Mamá sabía que iba a pasar?
Lucía sintió que esa pregunta le rompía algo por dentro.
Se arrodilló frente a él.
—No lo sé, mi amor.
El niño miró el ataúd.
—Ella me dijo que si papá decía que fue un accidente, yo tenía que esperar.
Lucía frunció el ceño.
—¿Esperar qué?
Mateo sacó algo del bolsillo del pantalón.