PARTE 2: La grabación que nadie debía escuchar

Una pequeña llave.

Plateada.

—Esto.

Lucía la tomó.

No era una llave común.

Tenía grabadas unas iniciales.

A.S.

Adriana Salgado.

Debajo había un número.

Un número que no significaba nada para ella.

Hasta que uno de los policías lo vio.

Su expresión cambió.

—Señora…

Lucía levantó la vista.

—¿Qué?

El oficial miró la llave.

Después el teléfono.

—Este número corresponde a una caja de seguridad privada.

Silencio.

—¿Su hermana tenía una caja de seguridad?

Lucía negó lentamente.

—No que yo supiera.

El oficial guardó la llave en una bolsa de evidencia.

—Entonces alguien va a querer saber qué hay dentro.

A las 2:15 de la madrugada, mientras la familia seguía en la casa esperando respuestas, llegó una llamada al teléfono de Adriana.

Un número desconocido.

Lucía contestó.

No dijo nada.

Durante cinco segundos solo escuchó respiración.

Después una voz masculina susurró:

—¿Quién tiene ese teléfono?

Lucía se quedó inmóvil.

—¿Quién habla?

La voz guardó silencio.

Luego dijo algo que hizo que la sangre se le helara.

—Si Adriana te dejó la llave, significa que ya sabes que ella no murió por una caída.

Pausa.

—Pero todavía no sabes quién la empujó.

La llamada terminó.

Lucía miró a Mateo.

El niño seguía sentado junto al ataúd.

Pero ahora ya no parecía estar esperando un sonido.

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