Mi padre de 79 años debía arrancar su huerta, pero pidió al inspector que volviera el sábado a las seis

Nunca había visto a mi padre tan tranquilo mientras alguien amenazaba con quitarle algo que amaba.

La carta oficial llegó un martes por la tarde. Papá estaba sentado a la mesa de la cocina, con los lentes en la punta de la nariz, y me entregó un sobre blanco.

—Échale un vistazo —dijo.

Después del primer párrafo pensé que tenía que ser un error. La municipalidad decía que su terreno se usaba para fines agrícolas no permitidos por las reglas residenciales de la zona. Le daban treinta días para corregir la supuesta infracción.

—Papá, te están diciendo que acabes con tu huerta.

—Sé leer, hija.

—¿Treinta días? ¡No pueden pretender que destruyas todo!

Juntó las manos sobre la mesa.

—Al parecer, alguien piensa que debo hacerlo.

Miré por la ventana. Casi media hectárea de la propiedad familiar, que llevábamos generaciones cultivando, estaba dedicada a producir comida: nueve hileras de ejotes, cientos de matas de jitomate, papas, cebollas, calabazas, betabeles y maíz. Cada surco estaba cuidado con la misma paciencia con la que él nos cuidó de niños. A sus setenta y nueve años, don Anselmo Ibarra todavía se levantaba antes del amanecer. Tenía las rodillas gastadas y las manos rígidas, pero jamás pensó en dejar la tierra, sobre todo después de la muerte de mi madre. Algunas mañanas lo encontraba arrodillado junto a los jitomates, hablándoles en voz baja, como si ella siguiera a su lado.

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