Vivía solo y comía poco. Sin embargo, cada verano cosechaba lo suficiente para alimentar a decenas de familias. Una vez le pregunté por qué trabajaba tanto para producir comida que no podía terminar.
—La gente necesita comer —contestó.
Pensé que repartía unas cuantas canastas entre vecinEl vecino nuevo
Todo empezó meses atrás, cuando un hombre llamado Federico Montenegro compró la casa de al lado. La vieja casona de los Salinas, de madera, rodeada de árboles y con un jardín amplio, había estado ahí durante décadas. Federico la demolió casi de inmediato y levantó una mansión enorme, gris, moderna, con ventanales altísimos y una terraza elevada sobre el patio. Le encantaba pararse allí cada mañana, con un café caro, a mirar el vecindario.
Por desgracia, parte de esa vista incluía la huerta de papá.
El maíz crecía alto en verano, los tutores de los ejotes formaban filas ordenadas y los jitomates se sostenían con estacas y jaulas de alambre. Para mí era hermoso. Para Federico, un estorbo.