Mi padre, Ramón, cumplió ochenta y dos años viviendo solo en la casa donde nos criamos. Fue conductor de trenes durante cuarenta años, un hombre callado, de manos grandes y paciencia infinita. Desde que murió mi madre, hablaba poco y salía menos. Mis hermanos viven en otras ciudades y yo, a una hora de camino, lo visitaba los domingos. Más por costumbre que por tiempo, lo admito.
La mujer que llegaba de noche
Todo empezó con una llamada de doña Carmen, su vecina.
—Andrés, no quiero alarmarte, pero todas las noches entra una mujer en casa de tu papá. Es enorme, está llena de tatuajes y usa un chaleco de cuero negro. Y tiene llave.
Esa misma semana, mi padre retiró dinero del banco en tres ocasiones. Se lo conté a mis hermanos. Paula, la mayor, fue tajante: «Alguien se está aprovechando de él». Sergio opinó que había que llamar a la policía. Yo sentí miedo, y la culpa de no haber estado allí.