Unos meses antes habíamos instalado cámaras de seguridad en la casa, después de que papá se cayera en la cocina. Esa noche me conecté desde mi apartamento y esperé.
Lo que mostraban las cámaras
A las diez en punto, la puerta se abrió. Entró una mujer de unos cuarenta y cinco años, altísima, con el cabello teñido de rojo oscuro, la cabeza rapada de un lado y los brazos cubiertos de tatuajes hasta los dedos. Dejó una bolsa en la mesa, se quitó el chaleco y se lavó las manos con una naturalidad que me erizó la piel. Conocía la casa.
Vi cómo calentaba una sopa, cómo ayudaba a mi padre a sentarse con cuidado y cómo le curaba la herida de la pierna que nunca nos había mencionado. Después le puso un disco viejo, de esos de tangos que le gustaban a mamá. Se sentó a su lado, sacó de la bolsa una libreta gastada y empezó a leerle en voz baja.