La iglesia quedó sumida en un silencio sepulcral y asfixiante mientras el vídeo se desvanecía en la oscuridad. Doña Teresa, temblando, se sentó en el suelo con la mano en el pecho, derrotada. Fernanda lloraba amargamente, consciente de que su vida terrenal se había esfumado en un instante. Arturo se adelantó, me devolvió el anillo de bodas y me acompañó ante la familia desolada, demostrando que incluso desde la tumba, el amor y la previsión de un esposo podían frustrar los planes más maquiavélicos.Anunció a viva voz a toda la congregación que poseía la verdad absoluta, afirmando que una prueba de ADN demostraba que el hijo que yo esperaba no era suyo. Murmullos de asombro recorrieron de inmediato los bancos de la iglesia. Empresarios, políticos, amigos de la familia y empleados de empresas que habían venido a dar el pésame se volvieron hacia mí. En cuestión de segundos, sus expresiones pasaron de la compasión a un profundo disgusto, como si mi inmenso dolor no fuera más que una farsa de culpabilidad.
Intenté defenderme, murmurando que era una mentira horrible, pero Doña Teresa simplemente sonrió con absoluta satisfacción. Se burló de la memoria de su hijo, declarando que, aunque estuviera muerto, no era tonto, y que su familia siempre había sabido quién era yo en realidad. De repente, Fernanda, la hermana de Julián, se abalanzó sobre mí y me agarró la mano izquierda. Me arrancó la alianza de diamantes con tanta fuerza que me rozó la piel, dejándome una marca roja brillante. Blandió el anillo como un trofeo, declarando que no pertenecía a una desconocida como yo.