Durante cuatro años, mi suegra había permanecido paralizada, prácticamente incapaz de moverse por sí misma. Sin embargo, un día, en nuestra casa de Madrid, su abdomen comenzó a hincharse de forma inexplicable, como si estuviera embarazada. Toda la familia quedó desconcertada, sin comprender qué estaba sucediendo. Mi marido empezó a sospechar que alguien ocultaba algo y decidió instalar una cámara en secreto en la habitación de su madre. Aquella misma noche revisó la grabación. Apenas habían pasado unos segundos cuando su rostro palideció. Lo que apareció en la pantalla dejó a toda la familia paralizada por el terror…
Durante cuatro interminables años, mi suegra, doña Constanza, no fue más que un alma en pena, confinada en una cama articulada dentro del caserón familiar a las afueras de Segovia.
Su cuerpo marchito apenas le permitía emitir débiles quejidos guturales y miradas cargadas de una tristeza devastadora.