Sin embargo, aquella tarde de tormenta, al empujar la puerta de roble para cambiarle el vendaje, sentí cómo la sangre se me congelaba instantáneamente en las venas.
Bajo la pesada manta de lana castellana, su vientre presentaba una deformidad espeluznante.
Se había hinchado de forma descomunal, proyectándose hacia arriba con una rigidez pétrea y antinatural, idéntica a la de una mujer en avanzado estado de gestación: una estampa macabra e imposible para una anciana postrada e inmóvil desde hacía cuatro años.
—¡Lorenzo, ven rápido! —chillé con un hilo de voz ahogado por el pánico.
Mi marido irrumpió en la alcoba. Sus manos temblaban de manera espasmódica mientras contemplaba aquel torso desfigurado.
—Lleva cuatro años sin dar un solo paso… ¿Cómo demonios… qué significa esto? —tartamudeó, mientras el color desaparecía por completo de su rostro.