Tenía treinta años cuando descubrí que una buena intención podía destruir una carrera con la misma facilidad que una mala decisión.
Me llamo Lucas Hernández y trabajaba como médico en un hospital privado de Guadalajara. Había tardado casi una década en llegar hasta ahí. Mis padres tenían una pequeña ferretería en Tonalá y nunca pudieron pagar una facultad de medicina, así que estudié con un crédito educativo, becas y todo trabajo de fin de semana que encontré.
Aún debía 1.780.000 pesos cuando conocí a Alicia Romero.
Alicia tenía dieciocho años.
También tenía una enfermedad que había convertido una habitación de oncología en prácticamente todo su mundo.
Lo extraño era que casi nunca parecía enfadada.
La primera mañana que entré en su habitación, me miró mientras revisaba su expediente y dijo: