Parte 1
Me llamo Margarita Benítez, tengo 64 años y durante casi 4 décadas fui maestra de primaria en San Diego. Nunca imaginé que, después de jubilarme, terminaría casándome con un hombre de 31 años.
Mucho menos imaginé que 6 meses después de nuestra boda estaría escondiendo una taza de leche en un frasco de vidrio porque sospechaba que mi esposo estaba poniendo algo dentro.
Cuando conocí a Daniel Ortega, todos tuvieron una opinión.
Mi hermana Elena fue la más directa.
“Un hombre de 31 años, millonario, dueño de una empresa de inversiones médicas, ¿y quiere casarse con una maestra jubilada de 64? Margarita, por favor.”
Mis hijos tampoco lo entendían.
Daniel tenía una casa enorme en La Jolla, varios departamentos de inversión en Tijuana y Ciudad de México, coches que yo ni siquiera sabía cuánto costaban y una empresa relacionada con tecnología médica.