Salvé a un lobezno envenenado y dejé que su enorme madre durmiera en mi catre; cuando un desconocido intentó arrebatármelo, descubrí que había regañado al Rey Alfa y que alguien en su palacio necesitaba que su hijo no sobreviviera

eviviera
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Al Rey Alfa lo bañé en una tina de lámina, le serví avena en un plato roto y le dije que dejara de hacerse el delicado.

Durante ocho días creí que era una loba.

El cachorro que dormía sobre su vientre era su único hijo.

Y la noche que descubrí la verdad, alguien vino a terminar lo que el veneno no había conseguido.

Me llamo Renata Salcedo. Tenía veinticuatro años y rentaba una cabaña cerca de un pueblo de la sierra de Durango, en el territorio de Montebruma.

Trabajaba como auxiliar del registro veterinario de mi manada hasta que me negué a firmar un certificado falso.

Los animales que debía declarar sanos estaban encerrados, mal alimentados y con lesiones sin atender.

Mi jefe, Octavio Varela, dejó la pluma frente a mí.

—Firma y cobra.

No firmé.

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