Tres días después tenía una suspensión sin sueldo, fiebre y cuatrocientos pesos para terminar el mes.
El cachorro apareció de madrugada junto al cobertizo.
Pensé que era un trapo oscuro hasta que levantó la cabeza.
Lo envolví en mi suéter y lo llevé adentro. Era pequeño, apenas más grande que mis dos manos. Tenía las encías azuladas y un temblor que no correspondía solamente al frío.
Busqué ayuda por teléfono.
No había señal.
Lo sequé, intenté mantenerlo caliente y acerqué una jeringa con alimento, pero no conseguía tragar.
—Quédate conmigo, chiquito.
La fiebre me hacía ver manchas.
Me senté en el catre con él contra el pecho, bajo la manta. Cuando buscó mi piel, pensé que solo intentaba encontrar calor.
Después ocurrió algo que ninguno de mis cursos podía explicar.
Yo no era madre. No tenía leche.