Se burlaron de mí por viajar sola y creyeron que me asustaba volar, hasta que dos aviones militares aparecieron junto al nuestro y el capitán preguntó por la pasajera del asiento 7A usando un nombre que yo había dejado atrás

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El muchacho dijo que seguramente iba a llorar cuando empezara la turbulencia.

Sus amigos se rieron.

Cuarenta minutos después, cuando aparecieron dos aviones militares junto al nuestro, él me agarró del brazo y preguntó si íbamos a llegar vivos.

Todavía no sabía que la voz que estaban buscando por radio era la mía.

Me llamo Natalia Serrano. Tenía veintinueve años y llevaba una sudadera gris demasiado grande, unos audífonos sin música y una bolsa de mano donde mi mamá me había pedido guardar café de Veracruz.

Volaba de Monterrey a Hermosillo para verla después de ocho meses.

Eso era lo único que quería hacer aquel viernes.

Sentarme en su cocina. Comer algo caliente. Dormir sin revisar el reloj.

Mi asiento era el 7A.

El hombre del 7B llegó hablando por teléfono, acomodó su saco sin saludar y me pidió que moviera el codo, aunque yo ya estaba prácticamente pegada a la ventanilla.

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