Dos filas atrás viajaban varios jugadores de un equipo universitario de beisbol. Traían chamarras iguales, mochilas enormes y esa confianza que algunas personas confunden con permiso para molestar.
Uno me vio revisar el cinturón.
—Esa ya se arrepintió de subirse.
Otro se inclinó hacia el pasillo.
—Ha de ser su primer vuelo sin sus papás.
Me quedé mirando afuera.
—Ahorita que se mueva tantito el avión va a pedir que la bajen —añadió el primero.
Escuché perfectamente.
Había pasado años aprendiendo a distinguir una voz entre motores, instrucciones y conversaciones simultáneas. Unos audífonos apagados no podían esconderme tres muchachos hablando a dos metros.
Pero no tenía ganas de responder.
Una sobrecargo les pidió que bajaran la voz. Se disculparon sonriendo y esperaron a que se alejara para volver a reír.
El hombre junto a mí hizo un gesto divertido.