El cuchillo de pan resbaló, cortando una línea roja limpia en el lateral de mi pulgar antes de que siquiera notara el mordisco del acero. No levanté la vista porque Damon ya estaba doblando su periódico matutino, y cualquier movimiento brusco en la cocina siempre llamaba su atención.
Presioné una toalla de papel contra el corte y volví a untar la mostaza en su pan de centeno.
“La mantequilla empieza a oler a cebolla”, dijo Damon, ajustándose el cuello mientras se colocaba cerca de la nevera.
“Lo guardé en el guardián”, dije, con la voz apagándose.
“Bueno, revisa el sello”, dijo, cogiendo su fiambrera del mostrador. “Por cierto, vi el calendario en la nevera. Cincuenta es un número pesado, Elena. Quizá quieras saltarte la tarta de pastelería este año.”
Se rió, ese sonido rápido y ladrido que usaba cuando quería decir algo cortante sin que le llamaran cruel. Me alisé el delantal con las manos y le sonreí porque era más fácil que explicar que cincuenta no parecía una broma.
Dejó la fiambrera de nuevo, sus dedos golpeando dos veces la tapa metálica.
“No necesitamos montar un gran espectáculo con ello”, dijo, mientras sus ojos recorrían el mostrador en busca de sus llaves. “A nuestra edad, el silencio es mejor.”