eso no puede ser.
Fonseca se quedó inmóvil, con las tijeras aún en la mano. Miró el reloj en la pared. Eran las 11:47 de la noche.
—¿Qué hacemos, doctor? —preguntó Camilo, con la voz apenas audible.
Fonseca cerró los ojos. Quince años en esta morgue. Había visto de todo. Cuerpos mutilados. Accidentes terribles. Crímenes sin resolver. Pero esto… esto era diferente.
—Vamos a esperar —dijo finalmente.
Camilo lo miró como si hubiera perdido la razón. —¿Esperar? ¿Dos horas? ¿Por qué?
—Porque si esto es real… si alguien escribió esto antes de morir… entonces hay algo que no queremos encontrar con el bisturí.
Cubrieron el cuerpo con una sábana blanca. Se sentaron en las sillas de plástico del rincón. Nadie habló. El reloj marcaba los segundos con una lentitud insoportable.
A las 12:15, el teléfono de la morgue sonó. Fonseca contestó. Era la madre superiora del Convento de Santa Clara.
—Doctor Fonseca —dijo la mujer, con la voz temblorosa—, necesito que me diga algo. ¿Ya realizó la autopsia?
—No, madre. Estamos esperando.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego, la madre superiora susurró: —Dios mío. Entonces es verdad.
—¿Qué es verdad? —preguntó Fonseca.
—Hermana Lucía… ella sabía que iba a morir. Hace tres días me pidió que le diera algo. Un veneno de acción lenta. Dijo que era necesario. Que si moría de cierta manera, ustedes encontrarían un mensaje.
Fonseca sintió un frío en la espalda. —¿Qué clase de veneno?