La mañana me sorprendió sola en una habitación enorme, con las cortinas blancas ondeando al viento frío del aire acondicionado. Por unos segundos, ni siquiera me di cuenta de dónde estaba. Entonces sentí dolor en la cadera y la espalda, y gemí suavemente al intentar levantarme de la cama.
No había sido para nada como lo había imaginado. No era el romance lo que me dolía. Eran los tacones. Esos tacones imposibles que Amir había insistido en que usara toda la noche. Se rió al verme tropezar en el elegante restaurante donde me había llevado a cenar. “Mariana, tienes que aprender a caminar como una reina”, me dijo sonriendo. Y yo, tonta y embriagada por la atención, intenté ser otra persona.
Después de años vistiendo solo zuecos de cocina y chándales baratos del mercado, me encontré sentada sobre sandalias de diseñador que costaban la mitad de mi sueldo. Toda la noche, caminé de un lado a otro del hotel, sobre el reluciente mármol, sonriendo y fingiendo estar cómoda. Y por la mañana, apenas podía sentarme. Empecé a reír para mis adentros. Una risa cansada, amarga y sincera.
Fue entonces cuando Amir salió del baño, con una camisa blanca. “¿Qué pasó?” “Tus zapatos de princesa me mataron”, le dije. Me miró unos segundos y luego soltó una carcajada. Una risa genuina. Cálida. No burlona. Y por primera vez desde que lo conocía, sentí que era un ser humano, no solo la imagen perfecta que intentaba proyectar.
Tras las cámaras de una vida dorada
En los días siguientes, empecé a ver el lado oscuro de su vida. Sí, tenía dinero. Mucho dinero. Pero vivía solo en una enorme villa, hablaba más por teléfono que con la gente, y casi nadie lo visitaba sin algún motivo. Una tarde, estábamos sentados en la terraza de la villa, tomando té. “¿Por qué huiste de Rumania?”, me preguntó directamente. Pensé un momento. “Porque en mi país, ya nadie me veía”. Dejó la taza. «¿Y aquí te ves reflejada?»
Esa pregunta me impactó más de lo que jamás imaginé. Pensé en mí misma, la mujer que se fue de Buzău con una maleta y sueños tardíos. La que quería demostrar que aún podía ser deseada. Pero la verdad era diferente. No era amor lo que buscaba, sino la sensación de seguir siendo importante para alguien.