Don Ernesto Robles, patriarca de la familia, la acusó públicamente.
Nunca encontraron dinero en poder de Mariana.
Nunca demostraron que hubiera hecho una sola transferencia.
Pero tampoco importó.
Los Robles tenían abogados, influencias y conocidos por todas partes.
Mariana tenía una hija pequeña y prácticamente nada más.
Perdió el empleo, los vecinos comenzaron a mirarla como ladrona y nadie quiso contratarla para manejar dinero. Terminó limpiando casas, cosiendo uniformes escolares y aceptando cualquier trabajo que le permitiera alimentar a Sofía.
Alejandro sintió una rabia inesperada.
Dos días después fue hasta la casa.
Mariana abrió la puerta y tardó varios segundos en reconocerlo.
El trapo que llevaba en la mano cayó al suelo.
—¿Alejandro?
—Soy yo.
Su sorpresa se convirtió rápidamente en resentimiento.
—¿Viniste a ver cómo terminó la mujer a la que prometiste volver?
Él quiso explicarse, pero entonces Sofía salió detrás de su madre y abrazó su pierna.
Alejandro miró a la niña.
Algo en aquellos ojos claros lo dejó sin aire.
Había visto ese tono verde solamente en una persona durante toda su vida: su propia madre.
—Mariana… —murmuró—. ¿Cuántos años tiene Sofía?
El rostro de ella perdió el color.
—Vete.
—Necesito saberlo.
Mariana apretó a la niña contra sí.
—Tus promesas dejaron de significar algo para mí hace muchos años.
Y cerró la puerta.
Alejandro regresó lentamente a su camioneta mientras una fecha comenzaba a repetirse dentro de su cabeza.
Cuatro años atrás.
La única vez en veintiséis años que había regresado al pueblo.
La noche en que él y Mariana se encontraron nuevamente.
La noche que ambos habían intentado olvidar.
Y de pronto entendió que aquella niña podía cambiar absolutamente todo.