Jacinta dejó el relicario sobre la mesa como si quemara

PARTE 2
Jacinta dejó el relicario sobre la mesa como si quemara. —Perteneció a Rafael Ortega —dijo. Nunca había escuchado ese nombre. —¿Quién era? —El primer marido de la mamá de Lucía. Me explicó que muchos años atrás, cuando Elena, la madre de Lucía, aún era muy joven, había estado casada con Rafael, propietario de parte del huerto, el molino de agua y varias hectáreas que después formarían la herencia de su hija. Rafael murió en circunstancias extrañas. Una caída en una barranca, dijeron entonces. Pero Elena nunca creyó que hubiera sido un accidente. —Una noche vino a verme —recordó Jacinta—. Tenía un ojo golpeado y este relicario en la mano. Me dijo que Beatriz estaba obsesionada con Rafael. Sentí un nudo en el estómago. —¿La hermana de Elena? Jacinta asintió. —Las dos querían al mismo hombre. Rafael eligió a Elena. Después él murió, Elena volvió a casarse años más tarde y tuvo a Lucía. Beatriz nunca olvidó ni al hombre ni las tierras. —¿Estás diciendo que pudo matar a Rafael? —Estoy diciendo que Elena lo sospechaba. Antes de morir, Elena había dejado la propiedad directamente a Lucía. Dieciocho hectáreas de manzanos, una casa antigua y un molino que, aunque ya no funcionaba como antes, estaba ubicado junto a terrenos cuyo valor había aumentado mucho. Mientras Lucía fuera soltera y dependiera de su tía, Beatriz administraba casi todo. Pero después de nuestra boda, Lucía pensaba hacerse cargo personalmente. Eso explicaba demasiado. También explicaba por qué Rogelio Salas llevaba meses rondando la casa. Beatriz pretendía casarlos y conservar el control mediante él. —Ve a denunciar —dije. Jacinta negó con la cabeza. —¿Con qué pruebas? El relato de Lucía, unas marcas que desaparecerán y un relicario que cualquiera puede decir que ella llevaba desde antes. Tenía razón. Y Beatriz lo sabía. Esa misma tarde llegó al pueblo vestida de negro, llorando frente a quien quisiera escucharla. Decía que llevaba días buscando a su “pobre niña”. Afirmaba que Lucía había escapado con un comerciante. Que probablemente aquel hombre la había golpeado y abandonado. —Yo la perdono —repetía—. No importa lo que haya hecho. Sólo quiero llevármela a casa. En menos de dos horas, medio pueblo estaba de su lado. Cometí entonces un error. Fui a enfrentarla a la cantina de don Armando. —Encontré a Lucía amarrada —dije delante del comisariado y una docena de vecinos—. Y ella dice que tú ordenaste que la secuestraran. Beatriz abrió los ojos con una expresión perfecta de dolor. Después comenzó a llorar. —¡Yo la crié! ¡Le di de comer cuando su madre murió! ¿Y ahora me acusa porque está confundida? Algunos vecinos me miraron con desaprobación. Beatriz dio el golpe más bajo. —Elena también veía enemigos cuando se enfermaba. Lucía heredó esa fragilidad. El comisariado me pidió pruebas. Yo no tenía ninguna que pudiera poner sobre aquella mesa. Regresé a casa furioso. Lucía comprendió inmediatamente lo que había pasado. —No te creyeron. —Te creerán cuando hables tú. Pero ella bajó la cabeza. —Y si no me creen, te voy a destruir conmigo. Tu madre, tu aserradero, tu reputación… —Me importa más que estés viva. Aquella noche me quedé dormido sentado junto a su cama. Cuando desperté, Lucía había desaparecido. Sobre la almohada dejó una nota. “Me voy a Zacatlán con una amiga. No me busques. Te amo demasiado para permitir que todo el pueblo te hunda conmigo”. Salí corriendo. El autobús de las siete y cuarto estaba a punto de partir cuando llegué. Lucía estaba sentada junto a una ventana. Subí sin pensar. —Bájate conmigo. Negó con la cabeza. —Mateo… —Entonces me voy contigo. A Zacatlán, a Puebla, a donde quieras. Pero no vuelvas a decidir que debo perderte para protegerme. Los pasajeros nos observaban en silencio. —¿Y tu negocio? —Puedo vender menos madera. —¿Y el pueblo? —Puede hablar. —¿Y tu madre? —Ya entendió que casi comete el mismo error que todos. Lucía comenzó a llorar. —Tres días creyendo que me abandonaste debieron bastarte para odiarme. —Me bastaron para entender cuánto te amo. Finalmente bajó. No sabíamos que, al otro lado de la terminal, un niño de once años llamado Emiliano nos estaba observando. Vivía cerca de la propiedad de Beatriz. Y tres semanas antes había entrado a su terreno buscando una pelota. Ese día había visto una camioneta detrás del granero. Había visto a dos hombres bajar a una mujer vestida de blanco. Y había visto cómo Beatriz abría la puerta de la vieja bodega. Emiliano llevaba semanas callado por miedo. Pero al reconocer a Lucía, corrió hacia su padre y dijo una frase que cambiaría todo: —Papá, yo sé dónde tuvieron encerrada a esa muchacha. Una hora después, Beatriz estaba sentada frente a nosotros. Y por primera vez desde que empezó aquella pesadilla, ya no estaba llorando.Lucía leyó aquella carta encerrada en nuestro cuarto.

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