Varias personas bajaron la cabeza.
Al salir, doña Mercedes, una de las mujeres que más había repetido que Lucía se había escapado con un amante, se acercó.
—Perdóname, hija.
Lucía la miró.
—¿Por qué me creyó capaz de hacerlo?
La mujer no supo responder.
—Porque era más fácil —dijo finalmente.
Lucía asintió.
—Eso es lo que más duele.
Durante los días siguientes llegaron vecinos con comida, fruta, pan, flores.
Lucía agradecía todo.
Pero entendí que perdonar no significaba fingir que nada había ocurrido.
Algunas heridas no necesitan venganza.
Necesitan memoria.
Beatriz fue procesada por privación ilegal de la libertad, lesiones y otros delitos relacionados con el secuestro. Rogelio y los dos hombres que participaron también enfrentaron cargos.
Meses después comenzó el juicio.
Lucía decidió asistir.
Yo quería acompañarla.
—Necesito hacerlo sola —me dijo.
—¿Segura?
—Toda mi vida alguien decidió por mí. Mi tía decidió dónde viviría. Quiso decidir con quién me casaría. Tú intentas protegerme porque me amas, pero ahora necesito decidir yo.
No discutí.
Cuando regresó dos días después, la esperé frente a casa.
Bajó del autobús con un vestido azul y el cabello suelto.
Se veía distinta.
No más feliz exactamente.
Más ligera.
—¿Qué pasó?
—La declararon culpable.
Beatriz recibió varios años de prisión. Rogelio aceptó parte de los cargos y declaró contra ella.
Pero a Lucía parecía importarle otra cosa.
—Me miró antes de que se la llevaran —dijo.
—¿Te pidió perdón?
Lucía soltó una sonrisa triste.
—No. Me dijo que aquellas tierras también debieron ser suyas. Que mi mamá siempre le quitó todo.
—¿Y tú qué dijiste?
—Nada.
Entró al patio, acarició al perro y luego añadió:
—Por primera vez entendí que nunca fui yo el problema. Ella llevaba peleando contra una persona muerta desde antes de que yo naciera. Yo sólo heredé su odio junto con las tierras.
Con el proceso legal terminado, Lucía recuperó el control de la propiedad.
Todos esperaban que vendiéramos.
No lo hicimos.
Reabrimos el viejo molino con ayuda de familias del pueblo y modernizamos parte del huerto.
Yo continué con el aserradero.
No nos volvimos ricos.
Tampoco nos hizo falta.
Nos casamos la primavera siguiente.
Esta vez no hubo fiesta enorme.