Entonces apareció el inspector Ricardo Cruz, jefe de Sergio, caminando como si ya supiera cómo terminaría todo.
Cincuenta y tantos años.
Barriga dura de poder.
Cara de hombre acostumbrado a que nadie le contradijera.
—¿Qué pasa aquí, Molina?
Sergio respondió sin dudar:
—Individuo sospechoso. No se identifica. Se niega a obedecer.
Don Manuel miró al inspector.
—Solo estaba sentado, esperando a mi esposa.
Ricardo ni siquiera lo escuchó.
—Espósalo. Lo aclaramos en comisaría.
La gente protestó.
—¡No ha hecho nada!
—¡Lo estamos grabando!
—¡Déjenlo en paz!
Sergio agarró el brazo de don Manuel y se lo torció hacia atrás.
—Manos a la espalda.
Don Manuel obedeció.
Clic.
Clic.
Las esposas cerraron sobre sus muñecas.
Demasiado apretadas.
Luego Sergio hizo algo que nadie en ese parque olvidaría.
Le puso una mano en la cabeza y lo obligó a arrodillarse sobre el césped.
Las rodillas de don Manuel golpearon la tierra.
Su pantalón se manchó.
Sergio apoyó una rodilla en su espalda.
—Debió levantarse cuando se lo dije.
A veinte metros, Javier Robles se quedó inmóvil.
La pelota cayó a sus pies.
Ahora sí.
Ahora recordaba esa cara.
Siete años atrás.
Una investigación interna.
Un joven agente acusado falsamente por un superior corrupto.
Su carrera a punto de morir.
Y un hombre de la Agencia Nacional entrando en la sala y diciendo:
“Desde este momento, este caso lo llevo yo.”
Ese hombre había salvado a Javier.
Ese hombre era Manuel Rivas.
El mismo Manuel Rivas que ahora estaba de rodillas en el parque.
—Dios mío —susurró Javier.
Sacó su cámara corporal de bolsillo, una costumbre que nunca había perdido, y la encendió.
Mientras tanto, un coche oficial se detuvo junto a la acera.
Bajó la ventanilla.
Era Alberto Flores, concejal del municipio.
—Inspector, ¿todo bajo control?
Ricardo se enderezó.
—Sí, señor concejal. Un problema menor. Allanamiento y desobediencia.
Alberto miró a don Manuel esposado en el suelo.
Por un instante pareció reconocerlo.
Pero decidió no hacerlo.
—Bien. Hay que mantener este parque seguro.
Subió la ventanilla y se marchó.
Sergio levantó a don Manuel de un tirón y lo llevó hacia el coche patrulla.
La gente abrió paso.
Móviles en alto.
Cuarenta cámaras grabando.
La niña que lloraba se soltó de su madre y preguntó:
—Mamá, ¿ese señor es malo?