Después colocó frente a mí uno de los documentos encontrados en la caja.
Era una valoración médica independiente.
La especialista certificaba que mi abuela conservaba plenamente sus facultades cognitivas y su capacidad para tomar decisiones patrimoniales.
No había demencia.
No había confusión.
No había una nieta manipulando a una anciana indefensa.
Había una mujer preparándose para impedir que su propio hijo destruyera lo que ella había construido.
Reanudamos el video.
—He decidido no dejarle la propiedad costera a mi hijo Ricardo —continuó Elena— porque durante años ha intentado convencerme de venderla. Cuando me negué, comenzó a tratarme como si yo fuera incapaz de decidir.
Después habló de Fernanda.
No la insultó.
Eso dolió más.
—Mi nieta Fernanda ha elegido apoyar a su padre aun cuando sabe que muchas de sus decisiones son incorrectas. Espero que algún día aprenda que mantener la paz no significa proteger a quien hace daño.
Finalmente pronunció mi nombre.
—La propiedad quedará para Alicia porque es la única persona de esta familia que nunca me preguntó cuánto valía la tierra. Siempre me preguntó cómo podíamos cuidarla.
Tuve que taparme la boca.
Por primera vez desde el funeral lloré sin sentir vergüenza.
Pero el video no era lo peor para mi padre.
El cuaderno de cuero contenía fechas, cantidades y conversaciones registradas durante cinco años.
Mi abuela había escrito cada ocasión en la que Ricardo le pidió dinero.
Cada amenaza.
Cada intento de llevarla a una residencia para adultos mayores.
Cada reunión en la que habló de vender la costa a desarrolladores.
Y en una página, marcada con una cinta roja, había algo que cambió el asunto de una pelea familiar a un posible delito.
Tres años antes, Elena había sufrido una fractura de cadera y permaneció hospitalizada casi dos semanas.
Durante ese periodo, la empresa de mi padre obtuvo una línea de crédito millonaria utilizando parte de la propiedad de mi abuela como garantía.
Supuestamente Elena había autorizado la operación.
En su cuaderno había escrito:
“Yo nunca firmé eso.”
Don Arturo pidió copias certificadas al banco.
Compararon firmas.
También solicitó los documentos hospitalarios correspondientes a esas fechas.
La autorización había sido procesada mientras mi abuela estaba medicada y recuperándose de una cirugía.