PARTE 1
—Tu hermano lleva casi 10 años al borde de la quiebra. No seas cruel y deja de pedirle dinero —dijo Javier, sin saber que Gabriel acababa de revisar las transferencias y tenía pruebas de que cada mes habían desaparecido 35,000 pesos.
Gabriel Morales regresó a Puebla después de casi una década viviendo en la Ciudad de México. Había levantado una cadena de residencias para adultos mayores y, aunque el trabajo lo había consumido, nunca dejó de enviar dinero a sus padres, don Ernesto y doña Teresa. Cada transferencia llevaba el mismo concepto: “Medicinas, comida y casa”.
Había intentado llamar muchas veces, pero casi siempre el teléfono estaba apagado. Javier, su hermano mayor por apenas 2 años, le repetía que no se preocupara.
—Yo los veo diario. Aquí no les falta nada.
Gabriel quiso creerle.
Antes de viajar, había imaginado una bienvenida con café de olla, pan dulce y las bromas de siempre. Incluso llevaba en la maleta un reloj para su padre y un rebozo bordado para su madre. También pensaba anunciarles que había comprado una casa más cómoda para ellos cerca de Cholula. Por eso, al ver las ventanas rotas y una cubeta recogiendo el agua que caía del techo, creyó durante unos segundos que se había equivocado de domicilio.
Cuando llegó a la vieja casa del barrio de Analco, la emoción se le convirtió en culpa. La fachada estaba descarapelada, el techo tenía manchas de humedad y su padre abrió la puerta apoyado en un bastón que parecía reparado con cinta aislante.
Doña Teresa lo abrazó llorando.
—Hijo, no debiste gastar en el viaje. Con tantos problemas que tienes…
Gabriel se apartó lentamente.
—¿Qué problemas?
Sus padres intercambiaron una mirada.
—Javier nos ha entregado tus cartas —explicó don Ernesto—. Sabemos que tu empresa está endeudada y que apenas puedes sostenerte. Por eso nunca quisimos molestarte.
Gabriel sintió un frío recorrerle la espalda. Él jamás había escrito semejante cosa.
Durante la cena observó una sopa aguada, 4 tortillas endurecidas y un frasco con las últimas pastillas para la presión de su padre. La estufa estaba apagada y su madre llevaba 2 suéteres.
—¿Dónde está el dinero que les mando?
Doña Teresa frunció el ceño.
—¿Cuál dinero?
Antes de que Gabriel pudiera responder, Javier entró con bolsas del supermercado y una sonrisa demasiado amplia.