Esa noche, en mi terraza, con una taza de té, miré cómo oscurecía el cielo. Pensé en aquella mujer que había escuchado a su familia discutir cómo sacarla de la casa sin perder su ayuda. Sentí pena por ella. Había pasado tanto tiempo intentando ser buena madre y buena abuela que casi olvidó cómo ser Marta.
Entré a la cocina y miré el calendario junto al refrigerador. Los martes, cerámica. Los viernes, mis amigas. El segundo domingo del mes, mis nietos. Y algunos días completamente vacíos. Antes, esos espacios me dolían: pensaba que nadie me necesitaba. Ahora los veía distinto.
Años creí que un día vacío significaba que nadie me necesitaba. Ahora sé que significa algo mucho más hermoso: que mi tiempo vuelve a pertenecerme.
Porque una madre puede amar a sus hijos con toda el alma, pero eso no significa que deba entregarles el resto de su vida.