Las palabras de la señora Gable
Una tarde, mientras barría las hojas secas del porche, mi vecina se acercó. Le conté sobre la cena, sobre mis nervios, sobre el miedo a «llamar la atención». Ella me miró largamente y me dijo algo que se quedó flotando en el aire fresco de octubre: «Una mujer debe brillar en su cumpleaños, Elena. No dejes que nadie te haga sentir insignificante en tu propia piel. Has pasado veinticinco años poniendo a los demás primero.»
Volví a la casa en silencio, subí al cuarto y abrí apenas la puerta del armario. La seda verde brillaba en la penumbra como una promesa. Al principio, mi impulso fue empujar el vestido aún más al fondo, esconderlo mejor. Y eso fue lo que hice. Cerré la puerta y lo dejé en la oscuridad.