Ana permaneció varios minutos sobre la tierra fría, luchando contra el deseo de cerrar los ojos. Entonces recordó una frase de Sergio.

PARTE 2
Ana permaneció varios minutos sobre la tierra fría, luchando contra el deseo de cerrar los ojos. Entonces recordó una frase de Sergio. “Si alguna vez necesitas salir de ahí, llámame. Aunque hayan pasado veinte años.” Pero no tenía teléfono. Solo podía caminar. Se puso de pie apoyándose en un árbol y avanzó por el camino más ancho. No sabía cuánto tiempo pasó. Diez minutos podían haber sido una hora. Cuando comenzó a oscurecer, escuchó un ladrido. Ana siguió el sonido. Entre los árboles apareció una luz amarillenta. Era una pequeña casa utilizada por trabajadores forestales. Llegó hasta el porche y golpeó la puerta. —¿Hay alguien? Nadie respondió. Volvió a golpear. Cuando estaba a punto de desplomarse, una mujer mayor abrió. —¡Virgen santísima! La mujer alcanzó a sujetarla. —Mi esposo… —murmuró Ana. Y perdió el conocimiento. Doña Elena vivía temporadas en aquella casa mientras su hijo, Rafael, trabajaba supervisando una zona del bosque. Al ver el estado de Ana llamó inmediatamente a Rafael, quien solicitó una ambulancia y condujo hasta un punto donde los paramédicos pudieran entrar. Ana despertó horas después en un hospital. —¿Dónde estoy? —En Guadalajara —respondió una enfermera—. Está a salvo. Ana intentó incorporarse. —No le digan a mi esposo. La doctora Mariana Ortiz fue directa cuando Ana preguntó por el embarazo. —No pudimos salvar al bebé. Ana giró la cara hacia la pared. Ya había llorado otras pérdidas. Esta vez las lágrimas no llegaron. —¿Pude haber muerto? La doctora guardó silencio unos segundos. —La pérdida de sangre era importante. Haber esperado más tiempo habría sido muy peligroso. Ana pidió un teléfono. Marcó de memoria. —¿Bueno? —Sergio… Del otro lado hubo silencio. —Ana, ¿dónde estás? —En un hospital. —¿Qué pasó? Ella cerró los ojos. —Ven solo. Y no le digas nada a Mauricio. Sergio llegó poco después. Era abogado, aunque jamás había representado a su hermana en ningún asunto. Cuando escuchó la historia completa, se quedó inmóvil junto a la cama. —¿Estás segura de lo que dijo? —Completamente. —¿Qué palabras usó? Ana tragó saliva. —“Nadie va a encontrarte aquí antes de mañana”. Sergio bajó la mirada. —Ana… —Mi esposo intentó dejarme ahí para que muriera. Durante los días siguientes, Sergio evitó contactar a Mauricio. Ayudó a su hermana a recuperar documentos, cambiar el número telefónico y comenzar a registrar cada detalle que recordaba. Ana aún no estaba preparada para denunciar. Cada vez que imaginaba una oficina de la Fiscalía, volvía a sentir el frío de aquel bosque. Mientras tanto, ocurrió algo extraño. Mauricio no reportó su desaparición. Ni llamó a hospitales. Ni organizó ninguna búsqueda. Dos semanas después envió un mensaje a Sergio. “¿Ana está contigo?” Sergio no contestó. Una hora después llegó otro: “Se fue después de una discusión. Si aparece, dile que no pienso seguir soportando sus dramas.” Ana leyó la pantalla. —Está preparando una historia. —Guarda todo —respondió Sergio. Lo que Ana todavía ignoraba era que Mauricio tenía otra mujer. Se llamaba Lorena. Llevaba meses diciéndole que su matrimonio estaba terminado y que solo faltaban “resolver unos papeles”. La noche en que abandonó a Ana, Mauricio le había escrito: “Después de hoy, todo va a cambiar.” Y más tarde: “Por fin dejará de estorbarme.” Lorena había interpretado aquellas frases como una referencia al divorcio. Seis meses después, Ana había recuperado parte de su vida. Volvió a trabajar corrigiendo manuscritos desde casa, inició con un abogado el proceso de divorcio y reunió fuerzas para presentar una denuncia. Aquella mañana fue acompañada por Sergio. Contó todo. Sin adornos. Sin suposiciones. Solo hechos. Días después, Ana decidió ir a la empresa de Mauricio. Cuando entró en su oficina, él levantó la vista. Su rostro perdió el color. —¿Tú… estás viva? Ana dejó una carpeta sobre el escritorio. —Demanda de divorcio y división de bienes. Ya fue presentada. Mauricio abrió la boca. —Además, denuncié lo que hiciste en el bosque. —Estás loca. Tú pediste bajarte del auto. Ana sostuvo su mirada. —Nunca dije todavía qué declaraste tú. Mauricio se quedó inmóvil. Había hablado demasiado. Esa misma tarde llamó desesperado a Lorena. —Borra nuestros mensajes. —¿Por qué? —Hazlo. —¿Qué pasó? —Ana volvió. Lorena sintió un escalofrío. Abrió su conversación con Mauricio. Allí encontró algo que ya había olvidado. Días antes de la desaparición, él había escrito: “Si me divorcio, voy a tener que darle la mitad de cosas por las que ella nunca trabajó.” Debajo había otro mensaje. “Pero pronto todo eso dejará de ser un problema.” Lorena no eliminó nada. Porque por primera vez comprendió que quizá Ana nunca había “abandonado” a Mauricio. Quizá Mauricio había intentado borrarla de su vida de una manera mucho más oscura. Y todavía faltaba descubrir una prueba que él jamás imaginó haber dejado atrás.

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