Las personas comenzaron a murmurar.
—Problemas.
—Demasiado grande.
—Peligrosa.
—No obedecerá.
Había pasado por varias haciendas.
Ningún capataz había logrado “domarla”.
Y en aquel sistema cruel, una persona que no se quebraba era considerada defectuosa.
💰 El precio comenzó a caer
Cinco reis.
Nadie respondió.
Tres.
Silencio.
Dos.
Nada.
El subastador empezó a molestarse.
La multitud se burlaba abiertamente.
Algunos reían al verla inmóvil sobre la plataforma.
Otros evitaban acercarse.
Porque Benedita no parecía derrotada.
Y eso incomodaba profundamente a quienes necesitaban verla humillada.
🧔 Entonces apareció Joaquim Lacerda
Desde el fondo de la plaza surgió una voz grave:
—Siete centavos.
La multitud estalló en carcajadas.
Un granjero acababa de ofrecer una suma ridícula por la mujer que nadie quería.
Muchos pensaron que estaba loco.
Joaquim Lacerda no era rico.
Tenía una pequeña propiedad alejada del centro cafetalero.
No poseía grandes tierras ni decenas de esclavos.