El anillo de reemplazo era solo temporal.
Quería llevarse el mío durante una semana sin que yo lo notara.
—¿Por eso me lo quitabas todas las noches?
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Asintió.
—Necesitaba las medidas. Estaba comparando la forma. No quería que el joyero cambiara nada.
Miré el anillo viejo.
Luego lo miré a él.
—Podrías habérmelo dicho.
—Lo sé.
—¿Y en vez de eso decidiste sentarte a las tres de la madrugada en una habitación oscura, con una vela y mi anillo de boda?
Daniel sonrió con incomodidad.
—Cuando lo dices así, suena mal.
Lo miré fijamente.
—Parecía que me estabas echando una maldición.
Se echó a reír.
Intenté no hacerlo.
Pero al final también empecé a reírme.
Unos minutos más tarde, los dos estábamos sentados en el suelo de aquella habitación, mirando nuestras viejas fotografías de boda.