Sin embargo, todas parecían conocer a mi padre.
Y lo más extraño era que ninguna había llegado con dinero.
Traían cajas vacías, bolsas reutilizables y recipientes de plástico. Algunos llevaban guantes de jardinería; otros, cuchillos pequeños para cortar las verduras sin dañar las plantas.
Parecía que hubieran ensayado aquella rutina cientos de veces.
El inspector consultó su reloj.
Eran las seis y siete minutos.
—Señorita Lindqvist —me preguntó—, ¿su padre organiza un mercado agrícola?
Negué con la cabeza.
—No que yo sepa.
El joven miró hacia la carretera, donde acababa de detenerse otra camioneta.
—Entonces, ¿qué está pasando aquí?
Antes de que pudiera responder, escuché a una mujer decir:
—Las patatas de esta hilera están listas, Erik.
Mi padre levantó el pulgar.Mi padre asintió.
—¿Y tú? ¿Estás comiendo bien?Ella sonrió débilmente.
—No te preocupes por mí.