Capítulo 2: La llave de plata

Capítulo 2: La llave de plata

Christopher colgó.

No porque la conversación hubiera terminado, sino porque en su orilla del mundo alguien le llenó la copa. Oí el tintineo una última vez, la risa de ella amortiguada por el viento, y después el silencio de mi sala de estar, con la urna blanca de su madre sobre la chimenea contemplándolo todo.

No le dije que había muerto. Que conste que lo pensé: tuve las palabras en la boca durante un segundo entero, ordenadas y afiladas. Tu madre murió anoche llamándote. Pero Gertrude me había enseñado muchas cosas en veinte años, y una de ellas es que hay verdades que se dicen a la cara o no se dicen. Por teléfono, con el mar de fondo y una copa en la mano, mi verdad le habría entrado por un oído y le habría salido por el otro convertida en «Rosalyn y sus dramas».Así que conduje hasta casa de Gertrude con la llavecita de plata cerrada en el puño, haciendo el trayecto que he hecho mil veces para ayudarla a vestirse, para llevarle la compra, para las citas a las que su hijo prometía acompañarla y a las que llegaba yo, siempre yo, con la carpeta de los análisis y una puntualidad que él llamaba «tu carácter».

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