Clara sostuvo el teléfono con manos temblorosas. —¿Bueno? Del otro lado se escuchó una voz nerviosa. —¿Ingeniero Vance? El banco ya detectó movimientos extraños en las cuentas de la empresa. Necesitamos su autorización antes de liberar la transferencia de quince millones de dólares. Todo el cementerio quedó en silencio. La voz continuó: —¿Señor Vance? ¿Me escucha? Clara respondió con firmeza. —No soy Leonardo. Soy su madre. Al otro lado hubo una pausa. —¿Su… madre? Pero la señora Verónica nos informó que el ingeniero falleció hace tres días. Clara levantó lentamente la mirada hacia su nuera. —Eso mismo estamos intentando averiguar. La llamada terminó. Verónica comprendió que ya no podía controlar la situación. Intentó correr. Dos empleados de la funeraria le cerraron el paso. Lawrence Cobb, el socio principal de Leonardo, respiró profundamente. —Ya basta. Miró a todos los presentes. —Creo que todos merecen conocer la verdad. Verónica lo fulminó con

Lo abrió con cuidado.

Dentro había una llave de seguridad bancaria y un papel doblado.

El detective lo leyó.

Su expresión cambió.

—Está dirigido a la señora Clara Vance.

Ella tomó la carta.

Reconoció inmediatamente la letra.

Era la de Leonardo.

Con lágrimas en los ojos comenzó a leer.

    “Mamá, si estás leyendo esto, significa que alguien intentó hacerme desaparecer. No confíes en nadie hasta hablar con el detective Daniel Ross. Si Verónica insiste en enterrarme rápidamente, es porque alguien necesita que todos crean que estoy muerto.”

Clara sintió que las piernas le fallaban.

Aquella era, sin duda, la letra de su hijo.

El detective levantó la vista.

—¿Quién es Daniel Ross?

Lawrence respondió enseguida.

—Un investigador privado que Leonardo contrató hace meses.

—¿Para qué?

—Porque sospechaba que alguien dentro de la empresa estaba desviando dinero.

Todos miraron a Verónica.

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