Clara sostuvo el teléfono con manos temblorosas. —¿Bueno? Del otro lado se escuchó una voz nerviosa. —¿Ingeniero Vance? El banco ya detectó movimientos extraños en las cuentas de la empresa. Necesitamos su autorización antes de liberar la transferencia de quince millones de dólares. Todo el cementerio quedó en silencio. La voz continuó: —¿Señor Vance? ¿Me escucha? Clara respondió con firmeza. —No soy Leonardo. Soy su madre. Al otro lado hubo una pausa. —¿Su… madre? Pero la señora Verónica nos informó que el ingeniero falleció hace tres días. Clara levantó lentamente la mirada hacia su nuera. —Eso mismo estamos intentando averiguar. La llamada terminó. Verónica comprendió que ya no podía controlar la situación. Intentó correr. Dos empleados de la funeraria le cerraron el paso. Lawrence Cobb, el socio principal de Leonardo, respiró profundamente. —Ya basta. Miró a todos los presentes. —Creo que todos merecen conocer la verdad. Verónica lo fulminó con

Todos miraron a Verónica.

Ella negó desesperadamente.

—¡No fui yo!un desconocido fallecido sin familiares cercanos cuya identidad había sido manipulada para simular la muerte de Leonardo.

El plan consistía en cobrar un enorme seguro de vida, vender las acciones del ingeniero y transferir millones de dólares al extranjero.

Pero todavía faltaba encontrar a Leonardo.

Tres días después sonó el teléfono de Clara.

Era el detective.

—Señora Vance…

Ella apenas podía respirar.

—¿Lo encontraron?

Hubo unos segundos de silencio.

—Sí.

Las lágrimas comenzaron a caer antes de escuchar la siguiente frase.

—Está vivo.

Clara se dejó caer sobre una silla.

Leonardo había sido retenido en una cabaña abandonada a las afueras de la ciudad, sedado durante varios días para impedir que apareciera antes de completar el fraude.

Cuando la policía llegó, apenas podía mantenerse en pie.

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