—Para mí también será como una madre.
Tres años después, aquella promesa valía menos que la comida tirada en el piso.
Graciela sonrió y sacó un fajo de billetes de su bolsa.
—Mira, aquí está el dinero. Pero primero demuéstrame cuánto quieres a esa mujer. Te acabas el plato y te llevas los setenta mil.
Valeria había soportado durante años burlas por su ropa sencilla, por no llevar un “apellido importante” y por su supuesto origen humilde. Quería demostrar que podía construir una vida sin depender del apellido Salcedo.
Nadie en esa casa sabía que Valeria Salcedo había renunciado voluntariamente a los privilegios de su familia después de una pelea con su padre. Ni que Javier, su hermano mayor, llevaba tres años intentando convencerla de regresar.
Ella quería saber si Diego la amaba sin dinero ni el peso de su apellido.