Quizá me preguntó por el bollo que no me había tocado.
Quizá me burlé de su libro.
Lo que sí recuerdo es mirar el reloj más tarde y darme cuenta de que habían pasado casi tres horas.
Hablamos de cosas ridículas.
A él le horrorizaban las aceitunas.
A mí me parecían asquerosas las palomas.
Él pensaba que eran “fauna urbana infravalorada”.
Tenía una hermana menor llamada Sophie.
Una vez fingió estar enfermo durante todo un semestre para evitar las clases de natación del instituto.
Me contó que se había roto el brazo a los 12 años intentando rescatar la cometa de otra persona de un árbol.
Nada de eso importaba.
Y probablemente por eso era tan importante.
La conversación fluyó con facilidad.
Cuando la cafetería empezó a cerrar, salimos a la calle.
Ahí es cuando la gente normal se intercambia los números.