Iban despacio, con las luces intermitentes puestas, cuidándose de cada bache y respetando el carril como siempre lo hacían. Llevaban casi seis años juntos, aprendiendo a conocerse hasta en los silencios, compartiendo las desveladas por trabajo, las idas al mandado en domingo y la emoción ingenua de quien siente que la vida apenas comienza a abrirse de par en par. Para ellos, el mundo era un proyecto a largo plazo, una carrera de fondo donde daban por hecho que el tiempo era un recurso infinito que nunca se les iba a terminar.
Fue cuestión de una fracción de segundo. En una curva cerrada, a escasos dos kilómetros del entronque principal, un camión de carga pesada que venía en sentido contrario perdió por completo la adherencia por culpa del hidroplaneo. El chofer, vencido por el peso de la caja y la velocidad, volanteó desesperado para corregir la trayectoria, pero el vehículo derrapó de costado, invadiendo el carril contrario como una muralla de fierro descontrolada. No hubo tiempo de frenar, ni de esquivar, ni de gritar; solo el rechinido seco de las llantas patinando sobre el agua, seguido de un estruendo metálico ensordecedor que partió la noche en dos y apagó de golpe las luces del auto, proyectándolo varios metros fuera de la cinta asfáltica entre matorrales y lodo.