Cuando Emily se llevó a su hija, Grant descubrió que la mujer que había subestimado también controlaba secretos financieros capaces de destruirlo…

Quizá también estaba ocultando algo.

Esa tarde regresó a casa antes de lo previsto.

Grant estaba en el despacho.

La puerta estaba entreabierta.

Emily escuchó su voz.

—No, ella no sabe nada.

Se detuvo.

Grant continuó.

—Todavía cree que está volviendo a trabajar.

Emily sintió un frío profundo.

—No podemos moverlo ahora.

Hubo una pausa.

—Si ella revisa las cuentas, todo se complica.

Emily no respiró.

Grant bajó la voz.

—Necesito unas semanas más.

La llamada terminó.

Emily retrocedió silenciosamente.

Volvió al salón.

Tomó a Ivy en brazos.

Esperó.

Cinco minutos después, Grant apareció.

—¿Ya llegaste?

Emily sonrió.

—Sí.

Él se acercó.

—¿Todo bien?

—Perfectamente.

Grant la abrazó.

Emily permaneció quieta.

Por primera vez, aquel abrazo no le dio seguridad.

Le dio información.

Porque ahora sabía que Grant estaba ocultando algo.

Y también sabía algo más importante.

Él todavía creía que ella era la mujer agotada que lloraba frente a tres biberones sucios.

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