PARTE 1
—Durante 30 años has criado al hijo de la mujer que amé de verdad, creyendo que era tuyo.
Mauricio Ferrer pronunció aquellas palabras desde una cama de la UCI de un hospital de Valencia, con el oxígeno bajo la nariz y una sonrisa tan cruel que su propia hermana dejó de respirar durante unos segundos.
Elena no gritó.
No lloró.
Se acercó a la cama, tomó la mano fría de su marido y le susurró al oído:
—Yo estaba detrás de aquella puerta del hospital, Mauricio. Vi lo que hiciste. Y cuando te marchaste, volví a cambiar a los bebés.
La sonrisa desapareció.
El monitor cardíaco comenzó a pitar con violencia.
Mauricio abrió los ojos como si acabara de ver un fantasma.
30 años antes, Elena Vargas tenía 23 años, trabajaba como auxiliar en una clínica dental de Valencia y llevaba apenas 1 año casada con Mauricio, heredero de una pequeña funeraria familiar.