No podía cambiar cómo había comenzado nuestra familia. Pero sí podía elegir qué clase de padre quería ser.
Y cada tarde, cuando entro por la puerta y dos vocecitas gritan «¡Papá!», sé que tomé la decisión correcta para mí.
Puede que no lleven mi sangre.
Pero tienen mi amor, mi protección y mi promesa de no abandonarlos jamás.
Porque ser padre no siempre tiene que ver con la biología. A veces significa elegir quedarse, incluso cuando marcharse sería mucho más fácil.
¿Qué habrías hecho tú en el lugar de Daniel? ¿Podrías perdonar un secreto así y seguir criando a esos niños como si fueran tuyos?