Han transcurrido cuatro años desde que mi esposo desapareció sin ninguna pista. Salió solo a las montañas para hacer una caminata y desde entonces no ha sido visto. Esos años fueron muy duros para mí y nuestros dos hijos. Con el tiempo, nos habituamos a la ausencia, pero él sigue presente en nuestros pensamientos.
Un día, algo increíble ocurrió. Estaba echada sobre una manta en el patio trasero cuando el perro de mi esposo, que tampoco había visto desde aquel fatídico día porque se fue con él, irrumpió en el patio llevando en el hocico la chaqueta de mi esposo. Era la misma que tenía puesta al marcharse.
Intentando acercarme, el perro escapó. Lo perseguí, durante unos 20 minutos, hasta que nos internamos en el bosque, cerca del barrio.
Lo seguí hasta que el cansancio me detuvo y, de pronto, me encontré frente a una cabaña antigua, escondida entre los árboles. Me acerqué lentamente y, al fin, reuní el coraje para abrir la puerta.