Y entonces la casa se llenaba de vida. Llegaban más familiares, faltaban sillas, todos hablaban a la vez y nosotros desaparecíamos con nuestros primos. En verano, las persianas permanecían medio bajadas para proteger la casa del calor. Dentro había una agradable penumbra, desde la cocina llegaba el olor de la comida y desde la calle se escuchaban nuestras voces.
Conocíamos cada rincón: el armario que no debíamos abrir, dónde escondía la abuela los dulces, qué escalón crujía, cuál era la silla del abuelo y dónde estaban aquellas fotografías antiguas que habíamos visto cien veces.
Después de comer comenzaba la sobremesa. Hoy daría cualquier cosa por sentarme de nuevo allí y escuchar aquellas conversaciones. Entonces, en cambio, nos parecían interminables. Los mayores tomaban café y nosotros solo pensábamos en volver a salir.