Casi no recordaba nada de mi familia, excepto a una niña pequeña de cabello castaño y rizado que solía tomarme de la mano.
A veces soñaba con ella.
Nunca supe si había sido mi hermana o simplemente otra niña del orfanato.
A los dieciocho años abandoné la institución con una sola maleta y unos cientos de rublos.
Trabajé como mecánico, dormí en una habitación alquilada y, finalmente, abrí mi propio taller de reparación de automóviles.
Cuando tenía veintiocho años, conocí a Elena.
Era amable, paciente y hermosa.
Nos casamos, tuvimos dos hijos y construimos juntos una vida cómoda.
Durante treinta años, Elena fue toda mi familia.
Pero cuando me acercaba a los sesenta, algo cambió dentro de mí.
Empecé a sentirme viejo.
Elena y yo casi nunca salíamos juntos. Nuestras conversaciones giraban alrededor de las facturas, los nietos y los problemas del hogar.