Después de 52 años de matrimonio, mi esposo me subió a un avión sin decirme adónde íbamos. A mitad del vuelo, me apretó la mano y susurró: «Después de hoy, no volverás a ver a tus hijos nunca más».

Nadie estaba consultando horarios de vuelos.

Nadie se preocupaba por un largo viaje de regreso a casa.

Nadie calculaba cuántos meses pasarían antes de nuestra siguiente visita.

Simplemente estábamos juntos.

Más tarde aquella noche, cuando todos se habían marchado a sus casas, Robert y yo salimos al porche y contemplamos la tranquila calle.

—¿Todavía estás enfadada conmigo? —preguntó.

—Un poquito.

Sonrió.

—¿Cuánto tiempo te durará?

—Hasta mañana por la mañana.

Se rio y me besó la frente.

Apoyé la cabeza sobre su hombro.

—Robert, la próxima vez que prepares una sorpresa, simplemente dime que vamos a un lugar bonito.

—Lo haré.

—Y nunca vuelvas a decirme que voy a perder a mis hijos.

Su sonrisa desapareció y su expresión se volvió más tierna.

—Te lo prometo.

Contemplé las cálidas luces que brillaban en las casas cercanas de nuestros hijos y sentí una paz que no había experimentado en años.

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