Ese día me llamó después de años de silencio.
—Oye, ¿es cierto eso del premio?
—Sí —respondí.
—Pues mira qué curioso. A lo mejor sí salió listo el muchacho.
No dije nada.
—Podría convenirle usar mi apellido completo —agregó—. Ya sabes, para abrir puertas.
Me reí sin ganas.
—Las puertas se las abrió él.
Ricardo se molestó.
—No te hagas la digna, Carmen. Al final, sigue siendo mi hijo.
—Cuando el mundo lo vea, vas a entender lo que perdiste.
Colgué.
Cinco meses después llegó la invitación que cambiaría todo: Emiliano había sido seleccionado para ingresar al Programa Nacional de Jóvenes Investigadores del Instituto San Ildefonso de Ciencia Aplicada, una institución donde solo aceptaban a doce estudiantes de todo México.
La ceremonia sería en un auditorio enorme, con autoridades, empresarios y prensa.
Yo estaba planchando la camisa blanca de Emiliano cuando recibí un mensaje de un número desconocido.