Sebastián le pidió que respetara los límites o se fuera.
Fue la primera vez que lo vi enfrentarla.
No hizo que volviera a amarlo.
Pero me permitió creer que quizá había aprendido algo después de perder tanto.
Hoy Mateo tiene cinco años.
Vive conmigo, dibuja dinosaurios con alas, se niega a comer calabacita y asegura que de grande será veterinario de dragones.
Sebastián cumple la mayoría de sus visitas. Emilia forma parte de su vida. Fernanda y yo mantenemos una distancia educada. Teresa aprendió que ser abuela no significa decidir sobre todos.
Yo volví a trabajar y un año después conseguí un ascenso que llevaba mucho tiempo buscando.
La gente a veces cuenta mi historia como si el gran momento hubiera sido descubrir la infidelidad.
No lo fue.
El gran momento vino después.
Fue dejar de preguntarme por qué Sebastián eligió otra habitación aquel día.